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Cuando los amigos se enamoran (pero no de ti)


The New York Times/Por SAMMY SASS

Mirah me dejó en casa y ninguna de las dos quería despedirse. En medio de una tormenta de julio nos sentamos en su auto mientras escuchábamos la lluvia. Estaba jugando con el labial rojo mate que guarda en su portavasos; bajé el espejo para ponérmelo y, cuando lo destapé, encontré un cabello negro y largo dentro del tubo.


Sosteniéndolo entre nosotras, le dije: “Caray, eres una lesbiana femenina muy descuidada”.


Ella se rio con fuerza, inclinándose y cubriendo su boca. Después se puso seria de pronto, y dijo: “¿Y si eres tú?”.


No estaba segura de qué estaba hablando.


Me dijo: “¿Qué pasaría si en cinco años estamos aquí y nos damos cuenta de que somos la una para la otra?”.


“O sea, ¿qué pasaría si en cinco años nos miramos y nos damos cuenta de que es momento de invitarnos a salir?”, le pregunté.


“No”, me dijo. “¿Qué pasaría si en cinco años seguimos siendo amigas y quizá salimos con otras personas, pero al final del día eres tú con quien quiero estar?”.


Sonreí, imaginándonos viejas, mucho más allá de nuestros veinte y aún sentadas debajo de grandes árboles mientras llueve y riéndonos y no queriendo salir del auto para despedirnos.


Ella fijó la mirada al frente. “Me aterra lastimarte”.


Solté el labial y me acerqué a ella. “Mirah, eres la persona más confiable que haya amado”.


Ella se cubrió el rostro con las manos y lloró; lo único que yo podía ver era su cabello negro y grueso y su chaqueta de mezclilla con un prendedor que decía “Amor feroz”.


Esa noche fue la primera vez que Mirah y yo reconocimos lo mucho que nuestras vidas se habían formado en torno a la otra. Ninguna de nosotras sabía cómo describir qué éramos. Cuando alguien nos preguntaba si estábamos juntas, yo decía: “Estamos enamoradas”.


Mirah sonrió cuando escuchó esa anécdota. Puso en su foto de perfil una imagen de nosotras riendo juntas en una playa. Un día me dijo: “Me encanta llegar a las fiestas y que la gente me pregunte por ti”.


Pasamos muchas tardes en mi porche delantero leyendo artículos en voz alta con títulos como “El matrimonio es la muerte”, “El futuro de lo queer” y “En contra de la pareja como institución”. Soñábamos cómo serían nuestras vidas si nos diéramos permiso de liberarnos de las convenciones. Personalmente, me sentía mortificada con la idea de quedar absorbida en una pareja y, aunque sabía que sería difícil, quería construir una vida de compromiso en la que las amistades importaran tanto como el romance en pareja.


Quería construir una vida de compromiso en la que las amistades importaran tanto como el romance en pareja.

Alguna vez ella me envió un tuit por correo electrónico de alguien que decía: “Las mejores decisiones que he tomado fueron posibles gracias a mi incapacidad de involucrarme en narrativas amorosas heterosexuales. El hecho de ser queer extrañamente me salvó de tanta soledad, aunque hizo que la intimidad fuera mucho más difícil de encontrar en cuestión demográfica”.


Le respondí con una fila de emojis de caritas con ojos de corazones. Y, después, mientras estábamos estacionadas debajo de las ventanas de mi apartamento en una mañana de principios de invierno, Mirah puso su brazo alrededor de mis hombros y me dijo: “Sammy, tú eres mi epicentro”.


Durante un tiempo lo fui. Mirah me recogía para ir al trabajo cada mañana. Yo le preparaba el almuerzo los domingos y entre las multitudes siempre caminábamos directamente hacia donde estaba la otra. Se convirtió en la primera persona en mi lista de marcado rápido; hablábamos diario.


Cuando creí que había chinches en mi cama, le llamé llena de pánico. Ella llegó con un tapete de acupuntura, un iPhone con el sonido de olas y una linterna.


“Estoy ansiosa”, le dije mientras lloraba tirada en el suelo.


“Lo sé”, me dijo mientras estaba parada al lado de mí.


Por primera vez admití (solo ante mí misma, en un susurro) lo bien que se sentía confiar en alguien. Mirah indagó en mi vida hasta dejarme al descubierto y confié en que estaría ahí siempre, sólida. Comencé a imaginar mi vida con ella siempre presente. Sin importar qué forma adoptara nuestra relación —porque habíamos insistido en que nos permitiríamos cambiar hacia algo distinto— esperaba que los cambios fueran pequeños y que ella siguiera siendo una parte esencial.


Pero entonces Mirah me contó sobre una mujer a la que estaba por ver en una cita. Esa persona no era como las personas queer lindas con las que Mirah había salido en otros momentos de nuestra amistad, aquellas que ya estaban saliendo con alguien más o que no estaban disponibles emocionalmente o que no le parecían personas increíbles. Se trataba de alguien con quien Mirah de verdad estaba embelesada.


Me dijo, como una confesión, que quería una relación en pareja, y que quizá incluso quería que fuera lo principal, para construir su vida en torno a ello.



Yo quería que ese sentimiento se marchitara en su interior hasta que se atrofiara y muriera. Pero no podía dejar que eso sucediera, así que me esforcé por ser parte de lo que ahora quería en su vida.


“Quizá nosotras debemos salir juntas”, le dije. ¿Acaso no funcionaría? ¿Qué no ya estábamos enamoradas, pasábamos tiempo juntas y hablábamos todos los días?


Ella sacudió la cabeza y dijo: “No quiero besarte”.


Yo debía admitir que a veces me imagino que está acostada a mi lado y, como un experimento mental, finjo que somos amantes. Nos imagino riendo mientras yo le acomodo el cabello detrás de la oreja. Sostengo su mano y cuento los anillos que lleva. Siento lo pequeña y delgada que es, de solo 1,50 metros, y le digo: “Cuéntame cómo te fue hoy”.


Ella me mira con ojos brillantes, pero todo se acaba ahí. Jamás la beso. Tan solo imaginarlo me hace sentir un dolor intenso, y sé que no tenemos el tipo de relación para hacer eso.


Así que me quedé callada durante un buen rato y después le dije: “Para mí, Mirah, la pregunta es: ¿a qué casa saldrías corriendo si ocurriera el apocalipsis?”. Mi parte débil que ahora dependía de ella estaba gritando en espera de su respuesta. Agregué, con voz aterrada pero segura: “Yo correría hacia ti”.


Y la mujer que me había dejado al descubierto, que me había dicho en el mismo auto y bajo las mismas ventanas que yo era su epicentro, miró fijamente a través del parabrisas y me dijo fríamente: “No creo en las jerarquías”.


Tan solo imaginarlo me hace sentir un dolor intenso, y sé que no tenemos el tipo de relación para hacer eso.

En los siguientes días intenté convencerme de que no estaba herida. Me convencí de que estaba aferrándome demasiado, que pedía demasiado y mi comportamiento era irrazonable. Pero la verdad es que quería que Mirah volteara a verme, dejara de reírse y me dijera: “Claro que correría hacia ti”, como si fuera lo más obvio.


La gente me dice que “esto es normal” y que “esto pasa cuando los amigos se enamoran”. Pero yo no estaba preparada.


¡Éramos queer! ¡Se suponía que nos rehusaríamos al dominio del romance y el sexo! Por lo menos correríamos la una hacia la otra si hubiera un apocalipsis, e invitaríamos a quien tuviera que estar ahí, incluidos nuestros amantes (he tenido relaciones románticas y nunca pongo en duda su valor). Y después todos esperaríamos juntos a que el mundo se acabara, bailando y cortándonos el cabello, comeríamos helado y sentiríamos que de la nada estallaríamos de gratitud por nuestras amistades hermosas e improbables.


Pero Mirah no me elegiría a mí. Lo peor es que tendría que verla elegir a alguien más. Y aún peor era que no podía oponerme a su decisión porque nos habíamos prometido dejarnos cambiar.


No había ni un libro ni un pódcast ni una película que reflejase la historia que estaba viviendo. Me sentía totalmente sola ante una pérdida para la que no tenía palabras: la pérdida no solo de una persona, sino de una relación y de una vida que deseaba profundamente.


Estuve a nada de alejarme, como si todo hubiera sido un experimento y un error terrible. Pero no pude. Debajo de la herida causada porque ella había elegido a alguien más y por la vergüenza de haber llegado a depender de ella, no quería renunciar a una amistad radical. No quería renunciar a Mirah.


Tendría que menospreciarla diciéndole que “se rindió y aceptó el estilo de vida que habíamos aborrecido”. O me menospreciaría diciendo que mis sueños son imposibles y que espero demasiado. Pero ninguna de esas dos opciones parecía la correcta.


Unas semana después de nuestra conversación sobre el apocalipsis, Mirah y yo fuimos juntas a una fiesta y ella me dijo algo al oído: “Te puse como mi contacto de emergencia”, me dijo. “En la parte donde preguntan por la relación con la persona, escribí: ‘Familia’”.


En ese momento, bajo las luces tenues, tuve el mismo sentimiento feliz que llega cada vez que me elige, y supe que tampoco ella quiere perderme. Pero algo había cambiado, y no sonreí. Esta vez, fui yo quien se quedó rígida viendo hacia delante… porque no era suficiente. Estaba callada, preguntándome cuál era la situación, y me di cuenta —no con alivio, sino con claridad— de que ninguna de las dos sabe cómo hacer esto.

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